lunes, 30 de marzo de 2009

EL LEGADO PERUANISTA DE ENRIQUE BRÜNING

Dr. Teodoro Hampe Martínez, en el micrófono.
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Por Teodoro Hampe Martínez
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Los estudios científico-sociales de la Región Lambayeque tienen uno de sus pioneros en don Enrique (Hans Heinrich) Brüning, ingeniero mecánico y comerciante alemán que vivió prácticamente medio siglo en la costa norte del Perú: de 1875 a 1925. Respecto a la biografía de este personaje, hay que anotar que la falta de información puntual es una de las características más acusadas, no obstante el hecho de que Brüning fue ampliamente conocido y laboró con asiduidad en materias de la arqueología, etnología, geografía, historia, lingüística y folklore.
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Al cumplirse ochenta años de su muerte (ocurrida el 2 de junio de 1928), debemos revalorar su vasto legado de carácter peruanista, destacando de manera especial sus colecciones de objetos arqueológicos, manuscritos, fotografías, canciones y otros testimonios sobre el pasado de Lambayeque, que significan unas fuentes extraordinarias para investigar la cultura, los personajes y las costumbres de esta región. El legado científico de Brüning está preservado actualmente en el Museo Arqueológico Nacional que lleva su nombre, en la ciudad de Lambayeque, así como en el Museo Etnológico de Hamburgo y en el Museo Etnológico de Berlín.
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Es un hecho, por cierto, que la mayoría de la población no conoce realmente a don Enrique Brüning, el hombre. Un auténtico pionero de las investigaciones etnohistóricas y culturales en la zona norte del Perú; un estudioso que no solo se ocupó de recopilar testimonios de primera mano, sino que escribió artículos y monografías y mantuvo vinculación epistolar a través de una nutrida correspondencia, que hoy se guarda en Hamburgo. Don Enrique Brüning, no obstante ser en principio sólo un «amateur» o coleccionista de antigüedades, estuvo situado en el centro de las inquietudes americanistas de su época, siempre dispuesto a compartir hallazgos, opiniones o incertidumbres con investigadores de la talla de Markham, Uhle, Lehmann-Nitsche, Mesones Muro, Angulo, González de la Rosa, entre otros.
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En los últimos años, ha sido nuestro objetivo investigar en las fuentes disponibles en Alemania y Perú aspectos poco conocidos o estudiados de la trayectoria vital de Brüning como, por ejemplo, sus sucesivas estancias en Chiclayo, Eten y Lambayeque, su vida profesional, su familia y el reparto de su herencia científica. También hemos procurado recopilar los trabajos publicados por Brüning en libros, revistas y periódicos que aparecían por aquel entonces. Y hemos realizado una emocionada visita al poblado campesino de Hoffeld, en la comarca de Bordesholm (Holstein), donde pasó los primeros y los últimos años de su vida. De este modo procuramos conocer las características más saltantes y más íntimas en la vida y el trabajo intelectual de este personaje.
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Ya en 1997 publicamos un inventario de la serie de documentos originales que recopiló Brüning para la historia de la antigua provincia de Zaña (siglos XVI-XVIII), materiales que luego hemos utilizado en diversas aproximaciones a la historia social y económica de dicha localidad. Quisiéramos publicar en lo sucesivo una edición y traducción castellana de las piezas más notables de su valiosa, interesantísima correspondencia. Al mismo tiempo, colegas investigadores se han ocupado de dar a conocer sus fotografías (Eva König), las grabaciones de música popular norteña que hiciera Brüning (Virginia Yep), su diccionario de la lengua mochica (José Antonio Salas) y sus indagaciones tras el palacio de Naylamp (Bernd Schmelz).
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Don Enrique Brüning, el pionero
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Nació Hans Heinrich Brüning el 20 de agosto de 1848 en el poblado de Hoffeld, cerca de Bordesholm (Holstein), en el seno de una familia de labradores aparceros de moderada condición económica. Sus padres le costearon los estudios en la Real Escuela Politécnica de Hannover, donde estuvo entre los años 1865 y 1869, cursando materias de historia natural, química, matemáticas y tecnología de máquinas. No consta documental-mente que hubiese obtenido ningún grado académico, pero durante su larga estadía en el Perú llevó el título de «ingeniero» y fue integrado al Cuerpo de Ingenieros de nuestro país.
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Después de una primera experiencia laboral en el ámbito de la marina mercante, el joven Brüning decidió abandonar el norte de Alemania y lanzarse a la aventura de un mundo enteramente distinto. Aunque no está bien determinado por qué resolvió encaminarse a las costas del Perú, es evidente que aquí poseía contactos entre la colonia de inmigrantes alemanes; así fue como llegó en septiembre de 1875 al puerto del Callao y se dirigió enseguida a la hacienda azucarera de Pátapo (provincia de Chiclayo) para trabajar en la instalación y mantenimiento de maquinaria. Pasó los años siguientes laborando en diversas plantaciones de la región septentrional del país, al mismo tiempo que recogiendo objetos arqueológicos, tomando fotografías y realizando inspecciones de carácter etnográfico.
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Poseía ya una buena colección de testimonios del pasado y de la cultura muchik cuando en 1897, a los 49 años de edad (siendo aún soltero), emprendió la navegación de retorno a su patria. Pero la visita que efectuó a sus familiares y relacionados fue breve: en el lapso de un año y medio se dedicó a completar su biblioteca, adquirir instrumentos de medición científica y establecer vinculaciones institucionales de primer rango. Abordó en octubre de 1898 el vapor Amasis para regresar a la tierra que lo había encandilado por su civilización milenaria y donde, además, era ampliamente reconocido como técnico y hombre de negocios.
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A fin de garantizar su subsistencia, don Enrique —como era llamado por los lambayecanos en señal de respeto— se dedicó a la compra y venta de maquinaria agrícola y a tareas de administración en diversas haciendas. Parece que laboró por tiempo especialmente largo en los complejos azucareros de Pomalca y Laredo, aunque la información al respecto es fragmentaria. Sólo sabemos con certeza que el personaje se movía frecuentemente de un lugar a otro de esta región, pues le encontramos efectuando negocios y trabajos de investigación (alternadamente) en Moche, Palpa, Chiclayo, Eten, Lambayeque, Jayanca, Motupe, Olmos, y otros lugares.
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En 1902, Brüning fue llamado a participar de una expedición oficial auspiciada por la Junta de Vías Fluviales, a fin de encontrar el camino más corto entre la cuenca del Marañón y el litoral del Pacífico. Desarrolló esta arriesgada expedición junto con el ingeniero Eduardo de Habich, el hacendado (educado en Alemania) Manuel Antonio Mesones Muro y varios hombres más, montados a mula y a caballo. Lograron arribar en unas seis semanas hasta el pongo de Manseriche, al lugar denominado Puerto Meléndez; pero el viaje de regreso se presentó más complicado y dramático, debido a que las continuas lluvias hicieron crecer la corriente del río. Brüning aprovechó la ocasión para redactar un informe del viaje y una descripción etnográfica de las tribus aguarunas.
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En el campo de la investigación científica, no hay duda de que el éxito de nuestro personaje era creciente. Su correspondencia particular revela que mantuvo contacto asiduo con los más importantes americanistas y peruanistas de aquel tiempo. Pero su mismo espíritu inquieto, andariego, le llevó quizá a sufrir algunas penurias en los tramos finales de su estadía en el Perú. En 1922, al conceder una entrevista a un periódico chiclayano, don Enrique Brüning brindó una sincera introspección de sí mismo: «Los anticuarios, los amantes de la arqueología, los enfermos de la manía de escribir y revivir el pasado, nos convertimos al fin y al cabo en una paradoja del loco que, en medio de su desgraciada anormalidad, vive en el delirio de las grandezas...» (cit. en Schaedel 1988: 224). La realidad de las cosas es que Brüning, tras haberse formado para una carrera de profesional y técnico, descubrió que esto era solamente una forma de adquirir el sustento para su verdadera pasión: la actividad de científico social.
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Establecido desde 1909 en una casa grande que compró en la calle San Roque de Lambayeque, llegó a hacer vida familiar junto con su esposa, Sofía Hormann (una arequipeña de origen germánico), y sus dos hijos que pronto vinieron al mundo. Al mismo tiempo, se dedicó a organizar su colección de ceramios, tejidos y piezas metálicas precolombinas, buscando a través de contactos en el Perú y el extranjero la manera de venderla a un precio razonable. Se sabe de las negociaciones que sostuvo con un agente establecido en Hannover, con el coleccionista Rafael Larco Herrera y, finalmente, con el gobierno del Presidente Augusto B. Leguía. Casi el 90 por ciento de las piezas coleccionadas por Brüning —unas cinco mil en total— eran originarias de los valles bañados por los ríos Zaña, Lambayeque y La Leche.
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Grande fue naturalmente su alegría cuando el régimen de Leguía decidió adquirir esa colección, fundando el primer Museo Regional del país (con el propio nombre de Brüning), mediante resolución suprema del 16 de julio de 1921. Se acordó pagar la suma total de 60.000 soles, de la cual se ofreció al coleccionista una sexta parte al contado; la suma restante debía cubrirse en un plazo de dos años, a razón de 2.000 soles por mes. El propio Brüning fue nombrado primer director del Museo, para el cual se acondicionó su casa de Lambayeque.
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Casi no podía el ingeniero alemán tener motivo de queja frente al tratamiento que se le dispensó en aquellos años del leguiísmo, plenos de éxito académico y de reconocimiento material para él. Un grave problema de salud, a los 76 años de edad, empero, lo decidió a buscar mejoría en su país nativo. Brüning se despidió del Presidente Leguía en una emotiva carta y abandonó definitivamente el país, en barco, el 17 de junio de 1925. Poco después de su llegada a Hamburgo fue víctima de un derrame cerebral; mas al recuperarse moderadamente, siguió trabajando en la clasificación de sus papeles y la redacción de ensayos, a la vez que negociando con los directivos del Museo de Etnología hamburgués la venta del resto de sus colecciones peruanas.
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Corinna Raddatz (en una conferencia inédita de 1996) ha explorado las circunstancias a través de las cuales se produjo la venta del resto de las piezas arqueológicas y etnográficas de Brüning al museo de Hamburgo. La demanda de nuestro personaje ascendía al monto de 30.000 marcos, y encontró una favorable acogida de parte de la dirección del museo, no obstante que la situación financiera del Estado alemán hacía entonces muy difícil cualquier desembolso extraordinario. Su sobrino Hans J. Brüning ayudó al anciano coleccionista en las negociaciones con los representantes burocráticos. Se hallaba éste aún en plena tarea creativa cuando falleció el 2 de junio de 1928, en una clínica de Kiel, como consecuencia de un ataque cardíaco, a los 79 años de edad. El funeral se llevó a cabo el 6 de junio en el crematorio de Kiel y la sepultura de la urna con sus cenizas se realizó el 14 de julio siguiente en Bordesholm.
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Don Enrique Brüning, el corresponsal
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Por razones intrínsecas al carácter de los documentos, no hemos considerado en nuestro inventario (Hampe Martínez 1997) a la correspondencia privada de Brüning, que significa una fuente privilegiada para seguir la trayectoria biográfica y científica del investigador alemán. En este rico fondo epistolar, conservado también en el Museo de Etnología de Hamburgo, se ubican numerosos originales de cartas enviadas a don Enrique desde variadísimas partes de América y Europa, y también unas pocas copias de mensajes remitidos por él, básicamente en el curso de los últimos treinta años de su vida.
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Como es natural, se hacía más frecuente el contacto epistolar de nuestro personaje con la gente cercana a él por razones de afinidad intelectual o de trabajo. Uno de sus más asiduos corresponsales fue don José Ignacio Chopitea, propietario de la hacienda Laredo (provincia de Trujillo), con el cual se carteó abundantemente desde 1892 hasta 1916; de hecho, se encuentran mensajes de Chopitea remitidos durante estos años desde lugares tan diversos como Laredo, Trujillo, Salaverry, Lima, París, Liverpool, Berlín y Madrid. La correspondencia gira en torno a asuntos técnicos, administrativos y patrimoniales, que Brüning debía atender para beneficio del hacendado.
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Además, eran frecuentes corresponsales suyos el erudito investigador limeño Manuel González de la Rosa, quien le escribía sobre sus inquietudes de estudio y sus penurias al final de su vida (1911-1912); el expedicionario lambayecano Manuel Antonio Mesones Muro, su compañero en el famoso viaje de Chiclayo al Marañón (de quien se hallan cartas de 1902 y 1909); el médico y coleccionista alemán R. Stimming, avecindado en Grosswusterwitz, Magdeburgo (cartas de 1909 a 1913); y el célebre arqueólogo sajón Max Uhle, iniciador del Museo de Historia Nacional en Lima, con el cual Brüning compartió preocupaciones y tareas por la salvaguarda del patrimonio arqueológico peruano (correspondencia de 1900 a 1908).
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Aunque siempre permaneció un arqueólogo y etnógrafo aficionado, el ingeniero alemán jamás dio muestras de humillación o acomplejamiento en la esfera académica. Mantuvo de hecho relación con los más notables investigadores americanistas de su época, conforme lo evidencian las cartas que recibió, por ejemplo, del doctor Hermann von Ihering, director del Museu Paulista, São Paulo (1895); de Sir Clements R. Markham, de la Royal Geographical Society, Londres (1905); del antropólogo Robert Lehmann-Nitsche, establecido en el Museo de La Plata (1918-1919); y del profesor Alfred L. Kroeber, de la Universidad de California, Berkeley (1926). No es nada de extraño, por lo tanto, que también se relacionara con peruanistas distinguidos como el ingeniero polaco Eduardo de Habich, el musicólogo francés Raúl d’Harcourt y el botánico alemán Augusto Weberbauer.
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Don Enrique Brüning se ganó, por cierto, un sitial entre casi todos los círculos de la sociedad peruana, incluyendo aquellos reservados a los más ricos y más poderosos. Su archivo epistolar demuestra las buenas vinculaciones que tuvo con Rafael Larco Herrera, el millonario hacendado y filántropo, y con Germán Leguía y Martínez, el influyente historiador y político, quien seguramente intervino para que en 1921 el gobierno del Presidente Leguía (su pariente) se decidiera a crear el Museo Arqueológico Brüning. En la esfera propiamente regional, se relacionó con dignatarios como el prefecto del departamento de La Libertad, Carlos A. Velarde, y el presidente de la Junta Departamental de Lambayeque, Francisco Cúneo Salazar.
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Los contactos con estudiosos nacionales eran obviamente frecuentes, más aún siendo Brüning miembro correspondiente del Instituto Histórico del Perú y de la Sociedad Geográfica de Lima. Hemos ubicado cartas de tres directivos de esta Sociedad, M. Melitón Carvajal, Manuel Montero Tirado y Scipión Llona; así como también del director de la Biblioteca Nacional, don Ricardo Palma, del ilustre dominico fray Domingo Angulo y del escritor Genaro Ernesto Herrera.
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Pero, no obstante su permanencia de casi medio siglo en tierras lambayecanas, Brüning jamás perdió el contacto con su nación de origen. Muestra de ello son sus repetidas consultas e intercambios de noticias con una serie de profesionales alemanes, especializados en temas afines a su campo de estudio. Es interesante el contacto que desarrolló con el presidente del Observatorio Marino de Hamburgo y el director del Museo Zoológico de Berlín y con diversos científicos de los ramos de la botánica, la etnología y la historia natural.Importa fijarse además en los contactos que mantuvo, después de su regreso definitivo a Hamburgo y Bordesholm, con gentes de la lejana tierra peruana. Son cartas plenas de afección y remembranza que le escribieron sus viejas amistades o parientes, relatando sobre los avatares de la existencia cotidiana en Lambayeque y el destino de su casa transformada en museo. Podemos referir a gentes como el doctor Armando Alva Díaz, de Ferreñafe, el apreciado don Moisés Ezcurra, de Chiclayo, la señora Victoria Mejía viuda de García, de Lambayeque (la creadora del alfajor o «king kong» de San Roque), don Augusto D. León, presidente de la Logia Teosófica de Chiclayo, y el influyente político Felipe S. Portocarrero, uno de sus mecenas en esta región.
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El profesor Richard P. Schaedel, en su trabajo de catalogación de este fondo epistolar en Hamburgo, ha considerado pertinente separar tres grupos de correspondencia de Brüning, a causa de su volumen y de la evidente importancia de los remitentes. Se trata, en primer lugar, de las misivas cruzadas con Adolph F. Bandelier, el antropólogo suizo que virtualmente definió el interés de nuestro personaje por las investigaciones del pasado costeño, luego de tenerlo como acompañante en sus recorridos por la ciudadela de Chan-Chan, la Huaca del Sol y la Huaca de la Luna, restos de la civilización mochica y chimú cerca de Trujillo. De aquí surgió una importante serie de cartas, fechadas entre 1893 y 1898, que Bandelier redactó sucesivamente en Chachapoyas, Lima y un par de haciendas en Bolivia.
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En segundo término, es remarcable la extensa correspondencia con el doctor Friedrich S. Krauss, estudioso austríaco, quien editaba en Viena la revista Anthropophyteia (anuario para recolecciones folklóricas e investigaciones sobre la historia de la moralidad sexual). En esta tribuna Brüning publicó más de una decena de colaboraciones, generalmente notas de breve extensión. Schaedel (1988: 209) ha dicho en este respecto que, «a nivel de sus investigaciones históricas, arqueológicas, etnográficas y lingüísticas, la revista Anthropophyteia le convenía como órgano de publicación, porque no requería mayor síntesis y poco o ningún análisis». Lo cierto es que Krauss se comunicó con el ingeniero alemán en diecinueve oportunidades, mediante prolijas cartas despachadas entre 1908 y 1927.
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Otto von Buchwald, el tercero de los corresponsales con sección aparte, era ingeniero de profesión y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Historia ecuatoriana, domiciliado en Guayaquil. Brüning apreciaba el viaje de estudio que realizó a la cuenca del río Chancay (1905) y sus posteriores recorridos por la serranía norte del Perú. La relación postal entre ambos parece comenzar, sin embargo, años más tarde: en el archivo hemos ubicado nueve cartas originales de Buchwald, todas manuscritas, fechadas desde 1916 hasta 1927. Están datadas por regla general en Guayaquil, salvo una que corresponde a la hacienda Mina, en el parque nacional El Boliche.
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Por fin, entre las piezas remitidas por el mismo don Enrique, destacaremos la copia de una carta suya al Presidente Augusto B. Leguía, fechada en Chiclayo el 29 de mayo de 1925, escasamente tres semanas antes de su salida del país. En esta misiva agradecía al mandatario por el gesto de haber autorizado la compra de su colección de antigüedades lambayecanas, y se despedía de Leguía y de los peruanos al abandonar su patria adoptiva por «haberme sobrevenido una enfermedad». Buena muestra de la singular dedicación y cariño de Brüning por la región costeña del norte, donde trabajó con indesmayable energía y con rigurosidad típicamente germánica, constituyéndose —en pocas palabras— como un dechado de ciencia en los principios del siglo XX.
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Las grabaciones musicales de Brüning
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La enorme tarea de nuestro personaje en el rescate de la civilización tradicional de la Región Lambayeque pasó por una investigación global de su historia, su cultura, sus ritos y su ambiente natural. El laborioso ingeniero alemán utilizó para ello los más diversos recursos técnicos, y así estuvo en capacidad de brindar también un extraordinario aporte a la etnomusicología del Perú, plasmado en sus registros de la música aborigen y popular de la costa norte, que recogió durante el primer cuarto del siglo XX, tanto en Eten como en Lambayeque.
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El mérito de haber devuelto a la luz científica los viejos cilindros de cera con las grabaciones musicales de Brüning corresponde a la profesora Chalena Vásquez, del Centro de Música y Danza de la Pontificia Universidad Católica del Perú (CEMDUC). En un viaje realizado a Berlín en 1998, la profesora Vásquez logró identificar 21 de esos cilindros, que se guardan hoy en el Museo de Etnología de la capital alemana, luego de curiosos avatares bélicos y políticos. Las piezas de fecha más antigua están datadas el 12 de abril de 1910 y son quizá las primeras grabaciones de música popular hechas en nuestro país: una verdadera joya para la cultura peruana. En una conferencia dictada en la Biblioteca Nacional de Lima, la profesora Vásquez dejó escuchar al público como primicia la cinta que reproducía «Serranita», una pieza tocada con flauta y tambor, la cual Brüning grabó de unos habitantes de Eten en mayo de 1910.
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En este contexto, Juan Mejía Baca evocó alguna vez la relación que había tenido en su infancia con don Enrique Brüning, al cual solía visitar —violín en mano— en su casa de la villa de Eten. El investigador peruanista no solamente le alentaba a ejecutar en las cuerdas piezas de Schubert y otros compositores europeos, sino también le contaba de su interés por la lengua, la música y las costumbres de los herederos del pueblo mochica. Según explica Mejía Baca (1989: v-vii), «los antecesores de estos discos [de acetato] habían sido los cilíndricos de cera, y don Enrique Brüning tenía buena cantidad de ellos, y me hizo escuchar marineras y otros estilos ejecutados en arpas o guitarras, y voces de cantores, que grabara en la villa de Eten [...] a principios de siglo».
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Las grabaciones musicales fueron enviadas por don Enrique al profesor Erich Moritz von Hornbostel (1877-1935), un renombrado estudioso de origen vienés, considerado el padre de la musicología comparada, quien por entonces dirigía el archivo fonográfico del Instituto de Psicología de la Universidad de Berlín. Ambos personajes mantuvieron un intercambio de cartas desde 1908 hasta 1925, según puede comprobarse por la documentación felizmente conservada. Junto con las grabaciones, Brüning enviaría desde el Perú ejemplos originales de instrumentos musicales y algunas fotografías. En una de aquellas cartas, fechada en 1912, decía Hornbostel que tanto los instrumentos como la música le parecían de clara procedencia europea.
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Hoy día, en el archivo fonográfico del Museo de Etnología de Berlín se contienen grabaciones efectuadas desde los años 1890 en diversas partes del mundo, mayormente en América del Norte, África oriental y el Sudeste asiático. Los viejos cilindros del archivo que dirigiera Hornbostel fueron trasladados a la Unión Soviética con motivo de la segunda guerra mundial, y retornaron después de varios años a la capital alemana para ser instalados en el referido Museo. A comienzos de 1991, con el cambio del sistema político que dividía a Europa, se produjo el retorno a la capital alemana de los más de 30.000 cilindros que integraban ese archivo y que contienen registros musicales hechos a finales del siglo XIX y principios del XX. Estos importantísimos testimonios —audibles por medio del viejo fonógrafo de Edison— habían sido evacuados de Berlín hacia el final de la guerra y pasaron a manos del Estado ruso, que los puso a disposición de los investigadores de su órbita política en Leningrado.
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Como documentos que reproducen la voz y la performance musical de tiempos pasados, las piezas del archivo fonográfico de Berlín nos devuelvan a situaciones remotas, melodías primitivas o costumbres ya olvidadas. Son así testimonios de gran valor para la herencia cultural de muy diversas colectividades, y en muchos casos constituyen los registros de música más antiguos que se han conservado. El estudio de las variantes en el estilo y carácter de estas canciones se ha hecho posible ahora que la tecnología moderna permite escucharlas a cabalidad (cf. Yep 2002; Vásquez 2006).
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La obra del fundador del archivo fonográfico de Berlín, el profesor Carl Stumpf, fue continuada a partir de 1905 por su discípulo Erich Moritz von Hornbostel, un judío vienés, bajo cuya dirección el archivo quedó eventualmente incorporado a la Escuela Superior de Música de Berlín. En 1933, al momento de verse Hornbostel obligado a emigrar de la capital alemana, por razón del ascenso al poder de los nazis, el archivo a su cargo estaba compuesto de unos 13.300 documentos fonográficos. Los originales eran unos frágiles cilindros de cera, de aproximadamente 10,5 cm. de alto por 5,7 cm. de diámetro, que permitían oír su contenido melódico sólo un número limitado de veces. La tarea que han emprendido los responsables del departamento de Etnomusicología del Museo de Etnología de Berlín a partir de su retorno a esta ciudad consiste en elaborar un catálogo detallado de todas aquellas piezas, que se encontraron bastante desordenadas y parcialmente incompletas, y tratarlas luego de manera tal que su registro acústico pueda ser trasladado a la moderna tecnología digital. Bien se comprende el enorme interés que ha levantado el «redescubrimiento» de dicha colección entre los estudiosos del mundo entero, los cuales han inundado prácticamente con sus demandas e inquietudes el referido departamento.
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De acuerdo con el trabajo de Susanne Ziegler (1995), la investigadora que ha examinado más directamente la tipología, procedencia y datación de los viejos cilindros de cera, para la región de los Andes existen las colecciones formadas por Konrad Theodor Preuss, en Colombia (100 cilindros), Robert Lehmann-Nitsche, en Bolivia y el norte de Argentina (38 cilindros), y don Enrique Brüning, en la costa septentrional del Perú (21 cilindros). El conjunto de grabaciones musicales de nuestro personaje incluye piezas representativas de lo más típico y popular de la sociedad norteña: hay marineras (como «El algarrobito» y «La concheperla») tocadas en flauta y tambor; un triste ejecutado por tres mendigos ciegos con quenas; un huayno y un yaraví («Yo soy como las palomas») interpretados por un carpintero oriundo de Contumazá; una marcha de procesión con clarinete, chirimía y caja; un tondero a son de gaita («Flores negras»), y otras piezas más de enorme interés para la investigación etnográfica y musicológica. A fin de conservar mejor este valioso legado, los registros de cera han sido copiados en cilindros galvanizados.
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El Archivo Fonográfico de Berlín ha editado el año 2003 un documento sonoro de gran valor histórico para la comunidad lambayecana: Grabaciones en cilindros del Perú (1910-1925), sobre la base de las grabaciones realizadas por Brüning. Esta edición cuenta con orientadores comentarios técnicos a cargo de Virginia Yep. El disco compacto posee una excelente presentación y viene acompañado de un folleto explicativo en alemán y castellano, con ilustraciones, fotografías y partituras.
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Destaca ciertamente la rigurosa actitud científica de Brüning, teniendo en cuenta que era solo un autodidacta. Se sabe relativamente poco acerca de su trabajo de recolección musical, en contraste con la minuciosidad con la que clasificó su obra fotográfica, tal vez porque la técnica fotográfica de aquel tiempo le llevaba algunos años de ventaja al fonógrafo. Su primera etapa de registro corresponde a grabaciones efectuadas en la villa de Eten: entre 1910 y 1911, Brüning se concentró en grabar danzas, marchas, serranitas y marineras, tocadas por la combinación de flauta-cajita y chirimía-caja. La segunda etapa comienza varios años después, en 1923, y se prolonga hasta el fin de su estadía en el Perú. En esta etapa complementaria registró principalmente tristes, así como un tondero y un cachaspari, tocados por quena (solista, dúo y trío) y flauta doble. Cautivado por las fiestas patronales, su estructura, organización, imaginería y poder de convocatoria social, el investigador alemán compensó su carencia de formación en musicología con una buena intuición y capacidad de seguimiento etnográfico. Aunque faltan datos precisos sobre el registro de un par de cilindros, se podría deducir que éstos fueron tomados en la ciudad de Lambayeque, lugar donde Brüning residía por aquel tiempo.
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Referencias bibliográficas
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